El Poder de la Gratitud


Hay personas que manifiestan una constante actitud de agradecimiento. Convierten los problemas y dificultades en ventajas y oportunidades. Conciben la vida como un constante aprendizaje. Han desarrollado una nueva conciencia de lo frágil y corta que es la vida, y por eso la viven con intensidad, con gratitud, la disfrutan y hacen que otros también la disfruten. Viven cada día como una gran oportunidad, convierten cada día en una nueva aventura, la más agradable y dichosa dentro de lo posible. Estas personas expresan su agradecimiento a los de su entorno por todo aquello que les van aportando. La gratitud nos ayuda a ser más felices y nos permite ayudar a los demás a ser algo más felices. Cada noche, cuando se van a dormir, suelen recordar a aquellas personas que han sido generosas con ellas y viceversa. Una enfermera me contaba una vez, cuando su padre era ya muy mayor y estaba a punto de morir, decidió expresarle su agradecimiento por todo lo que le había aportado. Le escribió una carta expresando todo y solo aquello que aquel ser le había aportado (era el momento del agradecimiento y no del reproche). Un día le dijo que quería estar a solas con él, que tenía algo muy importante que decirle y que nunca jamás lo había hecho. Se sentaron cómodamente, abrió el sobre y le dijo que le había escrito una carta y que quería leérsela. Empezó a leérsela con su voz cargada de emoción, de afecto y de gratitud. Los ojos de su padre se iban humedeciendo y algunas lágrimas rociaron sus mejillas. Cuando termino su lectura, padre e hija se fundieron en el abrazo más profundo que nunca habían tenido. Su padre le susurro al oído: “Este es el momento más feliz de mi vida, ya puedo morirme en paz, que Dios te bendiga, tú también te mereces tanto y más de lo que a mí me has aportado.” Esto que ocurrió; ¿se puede pagar con dinero? ¿Cuesta tanto hacerlo?
Autor desconocido Tomado de la Web.

Al Encuentro de Jesús
Había una vez una señora que, todos los días, se dirigía a la capilla del pueblo para rezar el Rosario de las siete de la tarde. Era muy puntual y nunca faltaba.Te digo más: cuando se atrasaba porque las cosas de la casa o la cena la ocupaban más de lo acostumbrado, iba corriendo por la calle para llegar a tiempo.Tan rápido hacía las cosas para cumplir con el horario de su oración que, muchas veces, trataba mal a la gente en la fila del mercado o caminaba atropellando a los demás. Si algún mendigo le pedía una moneda en la puerta de la capilla, ni lo miraba; estaba tan apurada que entraba veloz como un rayo.Un día, “le pasaron todas”. Se peleó con el almacenero, porque tardó mucho en hacer la cuenta de las cosas que había comprado; atropelló a una señora que tenía la bolsa llena de papas y caminaba lentamete, y, por último, le dio vuelta la cara a unos chicos que se le acercaron para pedirle unos pesos para comprar leche.En su propia casa, las cosas no anduvieron mejor. Uno de sus hijos le pidió ayuda para hacer una tarea; como se imaginan, le dijo que se la arreglara solo. El marido, que había llegado muy cansado de trabajar, tuvo la ocurrencia de conversar un rato con ella, mientras tomaban unos mates; lo dejó plantado con la pava de agua caliente en el patio.A pesar de todos esos “obstáculos”, salió de su casa, llegó a la capilla casi, casi a tiempo… y se encontró con que estaba cerrada.¡Cómo puede ser! Le dio una rabia.se metió por un pasillo lateral que bordeaba la casa parroquial, pero, nada. Todo estaba cerrado. Volvió a ir por la puerta principal y, precisamente allí, vio que en la puerta del templo había un cartelito, clavado con una chinche, que decía:-“No me busques aquí; estoy allá afuera, Jesús”
Cuentos rápidos para leer despacio (María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano) Editorial San Pablo

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